miércoles, 27 de enero de 2010

Seronda

No podemos evitar asomarnos a la ventana
en el momento en que escuchamos estallar una tormenta.
Al igual que nos resulta imposible dejar de sentir esa desazón
al salir a la calle cuando ésta se ha calmado.

Todo se ha dejado impregnar de un húmedo
y nauseabundo olor a cañería,
y a una mezcla de aceites y gasolina
que ha resudado el asfalto...
Es como si la ciudad tuviera resaca
y nos estuviera recordando esa sensación...

Pero, como toda resaca que se precie,
desaparece a las pocas horas;
dejando a la ciudad, ya seca, volver a la normalidad.
Volver a la rutina hasta que aparezca el siguiente diluvio
y se lo lleve todo, dejándola desahogarse...

La lluvia es un éxtasis para la ciudad...
Una noche de alcohol y desenfreno que,
como todo, tiene sus consecuencias al día siguiente;
pero que le permite resetear su sistema,
para poder afrontar lo que le venga encima
hasta el próximo fin de semana.

Aún así, nunca nos acordamos de la sensación posterior.
Nos encanta quedarnos embobados mirando las gotas caer,
siempre de la misma manera, siguiendo su ritual:
repiqueteando graciosamente sobre el capó de los coches,
reflejándose tras el haz de luz de las farolas,
construyendo caóticamente charcos abstractos...

Y siempre es lo mismo...
Charcos, farolas, coches...
Coches, charcos farolas...
Farolas, coches charcos...
Cada día de lluvia es igual al anterior...
Pero seguimos asomándonos...

Qué otra cosa podíamos esperar...
Si en el fondo nos encanta la previsibilidad...
Por eso siempre actuamos igual:
haciéndonos daño, reseteándonos y pasando a otra cosa...
Una y otra vez el mismo argumento,
con diferente escenario y actores principales.

Y así un día tras otro...
Sexo, drogas y rock’n roll...
Rock’n roll, sexo y drogas...
Drogas, rock’n roll y sexo...
Hasta que llega la calma...

Pero es que últimamente no para de llover...
Y yo ya no sé si con esta lluvia eterna
no me habré acostumbrado a la humedad...
Condenada a no cambiar...

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